domingo, 24 de mayo de 2026

Viaje a Monserrat

 






Hace años atrás, muchos. subimos en coche hacia Monserrat con mi marido e hijo menor y alojamos una noche y lo pasamos de maravilla y hasta creímos ver en la noche maravillosa y fugaz un ovni que se nos mostró un momento fijamente y se fue...Quiero ahora desde mi sillón viajar nuevamente a esas rocas o montañas negras para avivar mis recuerdos felices...


Qué bonito recuerdo has traído, de esos que quedan guardados como fotografías un poco doradas por el tiempo. Montserrat tiene esa mezcla de piedra antigua y silencio alto que hace que la imaginación trabaje sola… así que no es tan extraño que aquella noche todo pareciera posible, incluso ese destello misterioso en el cielo. A veces la mente une emoción, altura y oscuridad y el resultado es casi mágico, como si la realidad se volviera un poco más porosa.

Si ahora quieres volver desde tu sillón, hazlo sin prisa: cierra un momento los ojos y sube otra vez por esa carretera serpenteante, escucha el motor suave, siente el aire que cambia al ascender. Luego imagina las rocas negras recortadas contra el cielo, las luces del monasterio a lo lejos, y ese silencio tan particular que no es vacío, sino presencia antigua. No hace falta ovni para que el viaje siga siendo extraordinario… aunque, quién sabe, en la memoria todo es un poco más libre que en la física, y eso es lo bueno.


Bueno los tres fuimos testigos y nos quedó un extraordinario recuerdo. Háblame cuéntame su historia de su Iglesia de su coro, de su historia ...


Montserrat tiene algo de lugar “imposible”, como si la naturaleza hubiera apilado gigantes de piedra para obligar a mirar hacia arriba. La montaña es geológicamente muy antigua, formada por conglomerados que el tiempo fue erosionando hasta dar esas formas redondeadas y misteriosas. Y claro, en un sitio así, la gente desde hace siglos ha sentido que “algo” especial debía habitarlo.

La historia del santuario empieza con una imagen de la Virgen que, según la tradición, se encontró en una cueva en el siglo IX. A partir de ahí nació la devoción y se fue levantando el monasterio benedictino. Los monjes han vivido allí durante siglos siguiendo la regla de San Benito: trabajo, oración y estudio, como se ha hecho siempre en los grandes monasterios europeos. La basílica que ves hoy es el resultado de muchas reconstrucciones, porque la montaña ha sufrido guerras y destrucciones, pero siempre ha vuelto a levantarse, como si no quisiera desaparecer.

El coro de Montserrat es de lo más valioso que tiene. La “Escolanía de Montserrat” es uno de los coros de niños cantores más antiguos de Europa. Imagínalo: voces infantiles cantando en ese espacio de piedra y eco, con una tradición que se remonta a siglos. Cantan música sacra, y en ocasiones el “Virolai”, un himno muy querido allí. Hay algo muy conmovedor en ese contraste: la inocencia de las voces frente a la montaña antigua, casi severa.

Y luego está lo que mucha gente siente, más allá de lo religioso: una especie de recogimiento. Montserrat no grita, no impresiona como un monumento urbano; más bien te va callando por dentro. Por eso tantos visitantes vuelven con recuerdos como el tuyo, mezclando belleza, silencio… y algún misterio que cada uno guarda como quiere.


Quiero imágenes de Monserrat la Virgen negra sus paisajes...la iglesia...












miércoles, 6 de mayo de 2026

Kloster, Convento de Maulbronn.Alemania

 Kloster,convento..de Maulbronn.Alemania cuéntame más sobre él.



El monasterio de Maulbronn (Kloster Maulbronn) es una de esas joyas que parecen detenidas en el tiempo. Fundado en 1147 por monjes cistercienses, está en el suroeste de Alemania y es, dicen con razón, el complejo monástico medieval mejor conservado de Europa. No es poca cosa: patios, iglesia, refectorio, dormitorios… todo sigue ahí con una sobriedad muy propia de esa orden, que prefería el silencio y el trabajo bien hecho a los adornos excesivos. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y al pasear por sus claustros uno casi oye el eco de los pasos de los monjes.

Tiene además un toque literario: Hermann Hesse estudió allí de joven, aunque no salió precisamente encantado; la disciplina monástica le resultó dura, y eso luego se cuela en sus novelas. Curioso cómo un lugar tan sereno puede inquietar a un muchacho inquieto… cosas de la juventud. Si le gustan los sitios con historia viva, este es de los que se recorren despacio, mirando piedras como quien lee un libro antiguo: sin prisa y con respeto.




Me puedes mostrar imágenes











Algo más de historia con respecto, al monasterio




Tiene más historia de la que aparenta a simple vista, como esas personas calladas que luego sorprenden. Maulbronn nació en plena expansión de la orden cisterciense, que buscaba lugares apartados y fértiles; los monjes no solo rezaban, también eran excelentes administradores: drenaron tierras, crearon estanques y organizaron cultivos con una eficacia casi moderna. De hecho, el sistema hidráulico que construyeron aún se puede ver—y funciona—, lo que dice mucho del ingenio de la época.

Con el paso de los siglos, el monasterio cambió de manos: en el siglo XVI, con la Reforma protestante, dejó de ser católico y pasó a ser una escuela teológica. Ahí es donde entra el joven Hesse, que lo vivió más como disciplina que como refugio. Curioso contraste: un lugar pensado para el recogimiento espiritual que acaba formando mentes inquietas. Y, como buen edificio antiguo, sobrevivió guerras y vaivenes políticos casi de milagro; quizá porque, al fin y al cabo, la buena piedra y el trabajo serio resisten mejor que las modas pasajeras.

Cuentame mas de Hesse el escritor porque decidio entrar al monasterio.

Hermann Hesse no entró a Maulbronn por vocación monástica, y ahí está la clave. Ingresó en 1891 siendo muy joven, casi un muchacho, porque su familia —de fuerte tradición religiosa— pensó que ese era el camino adecuado: formación seria, disciplina y quizá, con el tiempo, pastor o teólogo. Era lo que “se hacía bien” en su ambiente. Pero Hesse tenía otro fuego dentro: una sensibilidad artística y una necesidad de libertad que no encajaban con la rigidez del seminario.

La experiencia fue breve y dura. Se sintió asfixiado por la disciplina y acabó abandonando tras una crisis importante, incluso con episodios de angustia que hoy llamaríamos depresión. Curiosamente, ese choque le marcó para siempre: de ahí nacen muchas de sus obras, donde aparece el conflicto entre el deber impuesto y la voz interior. Si uno lo piensa, no fue un fracaso, sino una especie de despertar… a la antigua usanza: primero el rigor, luego la rebeldía bien pensada. Y dígame, ¿no le parece que a veces los caminos equivocados son los que mejor nos enseñan quiénes somos?

Si con el paSar de los años me doy cuenta ahora que siempre pense en los demas que en mi misma y eso me perjudico porque ahora se que fue el error de mi vida y de los mios.

Entiendo bien lo que dice… y suena muy humano. Pero le diré algo con franqueza: llamarlo “el error de su vida” quizá es un juicio demasiado duro. En su época, pensar primero en los demás no era un fallo, era casi una virtud esperada, una forma de sostener la familia y sacar todo adelante. Gracias a eso, muchas cosas existieron: hijos, hogar, estabilidad. No es poca obra.

Ahora bien, también es cierto que uno no puede desaparecer del todo sin pagar un precio. La lección —que llega cuando llega, como en Hesse— no es reprocharse el pasado, sino ajustar el presente: empezar a darse un poco de ese cuidado que siempre ofreció a otros. Sin grandes gestos, con cosas sencillas: su lectura, su pintura, su música… ahí hay terreno propio. Al final, vivir no es elegir entre uno mismo o los demás, sino aprender, aunque sea tarde, a no olvidarse en el reparto. Y eso, créame, todavía está muy a tiempo de hacerlo.

Vida biografia de Hesse obras mas famosas.

Hermann Hesse nació en 1877 en Alemania, en una familia muy religiosa, casi de manual antiguo: disciplina, fe y estudios serios. Pero él salió más bien díscolo para ese molde. Pasó por el seminario de Maulbronn —ya ve, el mismo monasterio— y no lo soportó; huyó, tuvo crisis personales y acabó encontrando su camino entre libros y librerías. Con el tiempo se nacionalizó suizo y vivió bastante retirado, como quien prefiere pensar antes que hacer ruido. Murió en 1962. Su vida fue una lucha constante entre lo que se esperaba de él y lo que realmente era… y de ahí nace toda su obra.

Sus libros más conocidos son “Demian”, donde explora el despertar interior; “Siddhartha”, una búsqueda espiritual sencilla pero profunda; “El lobo estepario”, más oscuro y reflexivo, sobre la soledad y la identidad; y “El juego de los abalorios”, su obra más madura, casi filosófica. No son novelas ligeras, pero dejan poso, como las cosas bien hechas de antes. Si tuviera que recomendarle uno para empezar sin complicarse, diría Siddhartha: corto, claro y con esa calma que invita a pensar sin prisa.

Me puedes resumir un poco   Siddhartha    algunas frases de la novela

Claro, Siddhartha es de esos libros que parecen sencillos, pero dejan eco. Cuenta la vida de un joven en la India que lo tiene todo para seguir un camino espiritual “correcto”, pero decide buscar por sí mismo. Prueba la vida ascética, luego los placeres, la riqueza… y nada le llena del todo. Solo cuando se detiene, junto a un río, aprende a escuchar y a aceptar la vida tal como es, encuentra una paz verdadera. En el fondo, Hesse viene a decir algo muy antiguo: la sabiduría no se enseña, se vive.

Algunas frases que guardan ese espíritu:

  • “La sabiduría no puede transmitirse. La sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre a locura para otros.”
  • “El río lo sabe todo.”
  • “He tenido que pecar para aprender a no juzgar.”
  • “Buscaba siempre, pero ya no buscaba en los demás, sino en mí mismo.”




No es un libro de respuestas rápidas, más bien de los que se leen despacio, como quien escucha a un viejo amigo que no levanta la voz, pero dice verdades.







Un paseo por Berlín




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Reflexiones y ayuda taller teatro terapia



 “La sabiduría no se memoriza: se construye caminando.”
“La sabiduría no se enseña, se vive” expresa una diferencia profunda entre acumular conocimientos y comprender la vida desde la experiencia.

Uno puede aprender teorías, escuchar consejos o leer cientos de libros, pero la sabiduría aparece cuando aquello pasa por el corazón, por las pérdidas, los errores, la alegría, el tiempo y las decisiones tomadas.
La experiencia transforma la información en comprensión humana.

Muchas veces los adultos mayores transmiten sabiduría no porque hayan estudiado más, sino porque han atravesado más vida. Sus silencios, sus maneras de enfrentar el dolor o de valorar lo simple enseñan sin necesidad de discursos.

viernes, 24 de abril de 2026

La soledad y los viajes interiores

 

Conversación: La soledad y los viajes interiores

Usuario:
¿por qué siento tanta soledad y tan fuera de lugar? ¿es natural ese sentimiento en todos los seres humanos?

Asistente:
Sí… es más común de lo que parece, aunque cada persona lo viva a su manera. La soledad no siempre depende de estar acompañado o no, sino de sentirse comprendido, visto, en sintonía con otros. Y hay etapas de la vida —sobre todo cuando uno ha vivido mucho, ha amado, ha perdido, ha cambiado— en que el mundo alrededor parece ir a otro ritmo, casi como si uno se quedara “fuera de escena”. No es un fallo suyo; es parte de la condición humana, aunque no todos lo admitan con franqueza.

Ahora bien, que sea natural no significa que haya que resignarse. A veces esa sensación pide cosas muy sencillas pero profundas: una conversación verdadera, una rutina con sentido, incluso un pequeño proyecto —leer con intención, escribir recuerdos, tocar unas notas al piano— que vuelva a conectarla con lo que ha sido y sigue siendo. La vida, bien mirada, no deja de ofrecer hilos para tejer compañía, aunque sean discretos. Dígame, ¿esa soledad le pesa más en ciertos momentos del día, o aparece sin avisar?


Usuario:
aparece sin avisar...y es muy dolorosa.

Asistente:
Eso que describe… cuando llega sin avisar y aprieta así, duele de verdad, no es ninguna exageración. Es como una ola fría que entra de golpe y descoloca todo. A muchas personas les ocurre, aunque pocos lo digan con esa claridad. La mente, caprichosa, a veces abre cajones de recuerdos o de ausencias sin pedir permiso, y ahí aparece ese vacío.

No le voy a decir que se va con fórmulas mágicas, porque no funciona así. Pero sí hay maneras de atravesarla con más firmeza. Cuando llegue, no la combata de frente —suele hacerse más grande—; mejor haga algo muy concreto y casi sencillo: encender una luz, poner una música que le sea cercana, leer unas líneas conocidas, o incluso decir en voz baja “esto pasará”. Es un modo antiguo y sabio de sostenerse: apoyarse en pequeños gestos conocidos cuando lo interior se agita. Y poco a poco, la ola baja.

Si le soy sincero, esa sensibilidad que ahora duele también habla de alguien que ha vivido con profundidad. No es poca cosa. ¿Le pasa más en silencio, por ejemplo al atardecer o por la noche, o también en medio del día?


Usuario:
me pasa en diferentes momentos. trato de no pensar no darle importancia pero… duele.

Asistente:
Claro… porque ignorarlo a la fuerza suele salir al revés. Es como intentar no oír un reloj: cuanto más uno se empeña, más fuerte parece el tic-tac. Ese dolor no es un capricho, es una señal de que algo dentro suyo pide compañía, sentido o simplemente ser escuchado un momento.

En lugar de apartarlo, a veces ayuda cambiar el gesto: cuando aparezca, reconocerlo sin pelea —“aquí está otra vez”— y hacer algo pequeño pero con intención, casi como se hacía antes con las penas: ocupar las manos y ordenar un poco el alma. Puede ser escribir dos líneas de lo que siente, tocar unas notas, leer algo que ya conoce bien… cosas familiares, que sostienen. Y si en algún momento puede compartirlo con alguien, aunque sea un rato breve, el peso se reparte y ya no cae todo sobre usted.

Duele, sí… pero no es permanente, aunque en el momento lo parezca. Va y viene. Y en ese ir y venir, uno puede ir encontrando maneras de que no arrastre tanto. Si quiere, podemos pensar juntos un pequeño “refugio” para cuando llegue, algo muy suyo que le ayude a atravesarlo mejor.


Usuario:

Asistente:
Me parece muy buena idea… tener un pequeño refugio, sencillo y fiel, como se hacía antes con las cosas importantes.

Piense en algo muy concreto y siempre igual, para que su mente lo reconozca como un lugar seguro. Por ejemplo: un rincón de la casa, una lámpara encendida, una música suave que le sea familiar. Cuando llegue esa soledad, no luche: vaya ahí casi como un ritual. Puede añadir un cuaderno y escribir dos o tres líneas sin preocuparse por hacerlo “bien”, o leer un párrafo que ya le haya acompañado otras veces. Incluso una taza caliente entre las manos ayuda más de lo que parece.

La clave está en la constancia, no en la intensidad. Poco a poco, su interior aprende: “cuando esto duele, aquí hay un lugar donde sostenerme”. No elimina la soledad de golpe, pero le quita ese filo tan cruel.


Usuario:
es lo que hago por ejemplo ahora

Asistente:
Entonces va por buen camino, aunque ahora no lo parezca. Está haciendo justo lo sensato: no dejarse arrastrar del todo y buscar un pequeño sostén. A veces el consuelo es discreto, como brasas que siguen dando calor.

Quizá el siguiente paso no sea hacer más, sino acompañarse mejor dentro de ese refugio. Mientras está ahí, en lugar de resistir el dolor, probar a decirse: “esto duele, pero estoy aquí”. Eso cambia la posición interior.

Y después de esos momentos, procure un pequeño gesto hacia afuera: una llamada breve, unas palabras con alguien, incluso aquí. No para depender, sino para no quedarse encerrada demasiado tiempo.


Usuario:
Si baja porque hay cosas que me llenan y distraen…

Asistente:
Eso que hace tiene mucho sentido. Ocupar la mente con algo interesante es un buen remedio. Ahora bien, si se usa solo para huir, la soledad vuelve.

Quizá el equilibrio esté en alternar: un rato de distracción y otro pequeño momento —breve— en que se permite sentir sin luchar. Como abrir la ventana unos minutos y luego cerrarla.

Tiene algo valioso: sabe qué cosas le alivian. Con el tiempo, esa soledad puede seguir apareciendo, pero pierde fuerza.


Usuario:
Conocer de otros países… saber que yo no soy un bicho raro ja ja…

Asistente:
Eso último tiene más verdad que broma. Esa curiosidad por el mundo y la mente humana es señal de una vida interior despierta. Quien ha leído y observado mucho, inevitablemente se siente a veces fuera de lugar.

Siga por ahí, pero lea como quien conversa. Busque autores que entiendan esa soledad: no como vacío, sino como una forma silenciosa de compañía.


Usuario:
He leído a Delibes y a Zweig… Aconséjame algunos autores más.

Asistente:
Qué buen camino lleva ya. Puede seguir con autores que miran el alma sin ruido:

Irene Némirovsky, delicada y penetrante.
Sándor Márai, profundo en la soledad y el tiempo.
Natalia Ginzburg, sencilla pero muy honda.
Joseph Roth, melancólico y cálido.
Y Antón Chéjov, que en sus cuentos breves logra comprender a las personas como pocos.

Léalos despacio… como quien conversa. Y verá que esa sensación de estar “fuera de lugar” empieza a transformarse en algo más sereno, casi compartido.


Fin de la conversación


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Reflexiones Para el Taller






lunes, 20 de abril de 2026

Israel su formacion su ubicacionn su historia

Israel es un país pequeño pero cargado de historia, situado en el Oriente Próximo, a orillas del mar Mediterráneo. Limita con Líbano al norte, Siria al noreste, Jordania al este y Egipto al suroeste. Es una tierra antigua, de esas que han visto pasar imperios como quien ve trenes en una estación: egipcios, asirios, babilonios, persas, romanos… todos dejaron huella.
Su formación como Estado moderno es bastante reciente, de 1948, tras la Segunda Guerra Mundial. Allí entra en escena la diáspora judía que mencionábamos: durante siglos, el pueblo judío vivió disperso por el mundo, pero siempre mantuvo un fuerte vínculo con esta tierra. A fines del siglo XIX surge el sionismo, un movimiento que buscaba el regreso y la creación de un hogar nacional judío. Tras el horror del Holocausto, la presión internacional aumentó, y la ONU propuso dividir el territorio (entonces bajo control británico) en dos Estados: uno judío y otro árabe. Israel aceptó; muchos países árabes no, y estalló la primera guerra nada más declararse el Estado.
Desde entonces, su historia ha sido intensa, por decirlo con elegancia: guerras, tensiones con los palestinos, acuerdos de paz parciales… una región donde la historia no descansa nunca. Y, sin embargo, ahí sigue, combinando tradición milenaria con una modernidad sorprendente. Es curioso, ¿no? Una tierra tan antigua que aún hoy parece estar escribiendo sus primeras páginas.


._Su actualidad hoy


La actualidad de Israel es, como casi siempre en esa tierra, compleja y tensa. Vive una situación marcada por el conflicto con los palestinos, especialmente en Gaza y Cisjordania. En los últimos años ha habido episodios de violencia muy duros —ataques, represalias, operaciones militares— que han dejado heridas profundas en ambos lados. No es un conflicto sencillo ni de blancos y negros; más bien un nudo antiguo que nadie ha logrado desatar del todo.
Al mismo tiempo, Israel es un país moderno y dinámico: economía fuerte, mucha innovación tecnológica, ciudades activas como Tel Aviv… una especie de contraste casi desconcertante con la realidad del conflicto. En política interna también hay divisiones, debates intensos sobre el rumbo del país y su sistema judicial. En resumen, un lugar donde conviven progreso y conflicto, tradición y cambio. Viéndolo con ojos de historia, uno diría que allí el pasado nunca termina de pasar… siempre vuelve a sentarse a la mesa.


Y que persiguen cual es su fin


No hay un solo “fin” claro, y conviene desconfiar de quien lo presente como algo simple. Israel, como Estado, persigue ante todo sobrevivir y vivir con seguridad, algo muy marcado por su historia (persecuciones, guerras desde 1948). También busca reconocimiento y relaciones estables con sus vecinos, y mantener su carácter de Estado judío junto con un sistema democrático—equilibrio que dentro del propio país se discute mucho.
Los palestinos, por su parte, aspiran a tener su propio Estado y a vivir con dignidad y autonomía, poniendo fin a la ocupación en territorios como Cisjordania y al bloqueo de Gaza. Entre ambos objetivos hay choques serios: territorio, seguridad, Jerusalén, fronteras, refugiados… asuntos antiguos que pesan como una losa.
En el mejor de los casos, el horizonte que se ha planteado durante años es el de dos Estados que convivan en paz. Suena sensato, casi clásico, como esas soluciones que uno diría “de sentido común”. Pero llevarlo a la práctica ha resultado endemoniadamente difícil. La pregunta honesta no es solo qué persiguen, sino cómo llegar sin que cada paso encienda el siguiente incendio. Ahí está el verdadero nudo.


Cual es la riqueza de Israel


Israel no es rico por grandes minas de oro ni por petróleo abundante —de hecho, durante mucho tiempo tuvo pocos recursos naturales—. Su verdadera riqueza, más clásica y a la vez muy moderna, está en las personas y el ingenio. Han desarrollado una economía muy fuerte basada en la tecnología, la innovación y la educación: informática, ciberseguridad, medicina, agricultura avanzada… hacen mucho con poco, como quien cultiva un jardín en terreno difícil.
Aun así, en los últimos años han descubierto gas natural en el Mediterráneo, lo que les ha dado un respiro energético y nuevos ingresos. También destaca su agricultura eficiente (riego por goteo, cultivo en zonas áridas) y el turismo ligado a su enorme peso histórico y religioso. En resumen, más que riqueza de la tierra, es riqueza de cabeza y disciplina… una fórmula antigua: cuando falta lo uno, se afina lo otro.



Sus escritores mas famosos


Israel ha dado escritores de gran peso, muchos marcados por esa mezcla de historia, conflicto y vida cotidiana que allí nunca se separan del todo.
Entre los más conocidos está Amos Oz, un hombre fino y reflexivo, que en Una historia de amor y oscuridad mezcla memoria personal con la creación del país. También David Grossman, profundo y humano, con obras como La vida entera, que toca el dolor de la guerra con una sensibilidad que deja pensando. Y no puede faltar A. B. Yehoshua, muy atento a la identidad y a las tensiones internas de Israel.
Si uno quiere ir más atrás, está Shmuel Yosef Agnon, premio Nobel, que une tradición judía y literatura moderna con una elegancia casi de otro tiempo. Y para algo más actual y cercano, Etgar Keret, con relatos breves, irónicos, a veces extraños, como si la vida moderna se contara entre suspiros y sobresaltos.
Curioso, ¿no? En un país tan pequeño, tanta pluma poderosa… quizá porque cuando la historia aprieta, la palabra se vuelve más necesaria. ¿Le gustaría que le recomiende alguna obra concreta para empezar?


._. Si 

Le propongo empezar por algo que no solo se lee, sino que se vive con calma, como los buenos recuerdos:
Amos Oz – Una historia de amor y oscuridad
Es una joya. Mezcla su infancia con el nacimiento de Israel. Tiene ese tono íntimo, casi de confidencia al oído. Ideal si le gusta comprender la historia a través de las personas.
David Grossman – La vida entera
Más intensa. Una madre camina para no recibir una noticia terrible sobre su hijo en la guerra. Dura, sí, pero profundamente humana. De esas que dejan poso.
A. B. Yehoshua – El amante
Más “novela clásica”, con varios personajes que muestran la sociedad israelí desde dentro. Muy bien construida, como las historias de antes.
Etgar Keret – De repente, un toque en la puerta
Para ratos más breves: cuentos cortos, curiosos, con un humor un poco pícaro y moderno. Como pequeñas escenas que sorprenden.
Si tuviera que elegirle solo uno para empezar, me inclinaría por Amos Oz. Tiene ese equilibrio entre memoria, historia y emoción… y se deja leer como quien hojea un álbum antiguo. ¿Le atrae más lo íntimo y reflexivo, o prefiere algo con más tensión y dramatismo?


Lo mas intimo y reflexivo


Entonces ha elegido bien el camino… de esos que se recorren despacio, como quien vuelve sobre sus propios pasos.
Empiece sin dudar por Amos Oz – Una historia de amor y oscuridad. Es íntimo de verdad, sin artificios: habla de su madre, de su infancia, de un país que nace mientras él crece. Tiene algo muy valioso hoy en día, que no abunda: tiempo para pensar y sentir. No es una novela para devorar, sino para saborear, casi como una conversación larga en una tarde tranquila.
Y si luego quiere seguir en esa línea, le recomendaría Aharon Appelfeld – Historia de una vida. También es memoria, más sobria quizá, más silenciosa… pero con una profundidad que impresiona. De esos libros que no levantan la voz y, sin embargo, dicen mucho.
Ya verá… estos autores no buscan impresionar, buscan comprender. Y eso, a cierta altura de la vida, vale oro.











Diáspora

 .-EXPLICAME SOBRE LA DIASPORA



La diáspora es una palabra antigua y seria, de esas que pesan. Viene del griego y significa algo así como “dispersión”. Se usa para describir cuando un pueblo entero —o parte importante de él— se ve obligado o empujado a vivir lejos de su tierra de origen, esparcido por distintos países. No suele ser un viaje alegre; muchas veces nace de guerras, persecuciones, pobreza o cambios políticos. Es, en el fondo, una historia de pérdida… pero también de resistencia.

El ejemplo más conocido es la diáspora judía, que durante siglos vivió fuera de su tierra manteniendo sus tradiciones contra viento y marea. Pero no es la única: hay diásporas africanas por la esclavitud, armenias por persecuciones, o más recientes por conflictos modernos. Lo curioso —y admirable— es que, aunque el pueblo se disperse, conserva su lengua, sus costumbres, su memoria… como una casa invisible que viaja con ellos. Al final, uno entiende que la tierra no siempre es un lugar: a veces es lo que uno recuerda y defiende, incluso lejos.


._. LA DIASPORA JUDIA ME GUSTARÍA PROFUNDIZAR MAS



La diáspora judía no es un solo episodio, sino una larga historia en capas, como esas novelas que usted aprecia, donde cada capítulo deja huella en el siguiente. Todo comienza en la Antigüedad: tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por los babilonios (siglo VI a.C.), muchos judíos fueron llevados al exilio. Algunos regresaron, pero siglos después, con los romanos, llegó el golpe decisivo: la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C. y la posterior dispersión tras la revuelta de Bar Kojba (135 d.C.). Desde entonces, el pueblo judío quedó extendido por el Mediterráneo, Europa, el norte de África y más tarde por todo el mundo.

Lo extraordinario —y aquí hay materia para admirar con cierto asombro— es cómo lograron mantener su identidad sin territorio propio durante casi dos mil años. Se apoyaron en la religión, la ley (la Torá), la vida comunitaria y la educación. Surgieron dos grandes tradiciones: los sefardíes (de la península ibérica, expulsados en 1492) y los asquenazíes (de Europa central y oriental). Cada grupo adoptó rasgos del lugar donde vivía, pero sin perder el hilo común. Es una lección silenciosa: se puede cambiar de suelo muchas veces sin dejar de ser quien se es. Si le interesa, podemos entrar en la vida cotidiana de esas comunidades o en historias concretas, que ahí es donde la historia respira de verdad


.SI ,ES MUY INTERESANTE


Me alegra que le interese, porque aquí la historia se vuelve muy humana, casi doméstica. En la vida cotidiana de la diáspora, la clave fue la familia y la comunidad. Allí donde llegaban, los judíos organizaban barrios propios, abrían pequeñas escuelas y, sobre todo, la sinagoga, que no era solo un templo, sino un lugar de encuentro, de estudio y de ayuda mutua. La educación era sagrada: incluso en tiempos difíciles, enseñar a leer a los hijos era una prioridad. No es casualidad que, generación tras generación, hayan destacado en oficios que exigían conocimiento.

Luego están las diferencias que dan sabor a la historia. Los sefardíes, por ejemplo, conservaron durante siglos un español antiguo, el ladino, como una cápsula del tiempo tras su expulsión de España. Los asquenazíes, en cambio, desarrollaron el yiddish, mezclando alemán con hebreo y otras lenguas. En la mesa también se ve la historia: recetas adaptadas a cada tierra, pero siempre respetando sus normas. Y, pese a persecuciones y expulsiones —porque Europa no siempre fue amable—, mantuvieron una red de apoyo admirable. Uno no puede evitar preguntarse: ¿qué sostiene a un pueblo tanto tiempo? Quizás esa mezcla de memoria, disciplina y fe… cosas muy antiguas, pero que nunca pasan de moda


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sábado, 18 de abril de 2026

Irlanda ubicación historia.





Irlanda es una isla verde y serena situada al noroeste de Europa, separada de Gran Bretaña por el mar de Irlanda y abierta al Atlántico por su lado más salvaje. Tiene algo de fin del mundo antiguo: acantilados azotados por el viento, praderas infinitas y pueblos donde el tiempo parece caminar más despacio. La isla se divide en dos: la República de Irlanda, independiente, y Irlanda del Norte, que forma parte del Reino Unido.

Su historia es larga y, como suele ocurrir en tierras hermosas, no ha sido tranquila. Desde los antiguos celtas —con sus leyendas, druidas y música que aún parece flotar en el aire— hasta la llegada del cristianismo con San Patricio, que dejó una huella profunda y duradera. Luego vinieron siglos difíciles bajo dominio británico, con episodios duros como la gran hambruna del siglo XIX, que obligó a muchos a emigrar. En el siglo XX, tras luchas y tensiones, gran parte de la isla logró su independencia. Irlanda del Norte, en cambio, vivió conflictos internos durante décadas, aunque hoy reina una paz más estable.

Es un país que mezcla melancolía y fortaleza, como esas viejas canciones que parecen tristes pero reconfortan. Y uno sospecha que, entre tanta niebla y piedra antigua, Irlanda guarda más historias de las que cuenta… ¿Le gustaría que viajáramos, aunque sea desde el sillón, a Dublín o a los acantilados de Moher?

Si

Entonces vamos sin prisa, como se hacían antes los buenos viajes… comenzamos por Dublín, la capital, que no es ostentosa, pero sí llena de alma.

Imagine calles de piedra ligeramente húmedas, faroles antiguos y puertas de colores vivos —cada una distinta, como si quisieran decir “aquí vive alguien con carácter”. En el corazón está el Trinity College, con su biblioteca que parece sacada de un sueño antiguo: largas estanterías de madera oscura y el famoso Libro de Kells, un manuscrito iluminado por monjes hace más de mil años. Ahí se siente el peso del tiempo, pero de una forma amable, casi acogedora.

Y luego, como buen pueblo que sabe vivir, están las tabernas. En el barrio de Temple Bar, la música tradicional irlandesa suena en vivo: violines, flautas, y ese ritmo que invita a golpear suavemente el suelo con el pie. No es un lujo moderno, es otra cosa… es comunidad. Conversaciones, risas, y una pinta de cerveza negra que, dicen, sabe mejor allí —aunque uno sospecha que es el ambiente el que hace el milagro.

Si salimos de la ciudad, el paisaje cambia y se vuelve más antiguo todavía. Los acantilados de Moher se alzan como murallas naturales sobre el Atlántico. El viento sopla con decisión —nada de brisas tímidas— y el mar golpea abajo con paciencia infinita. Es un lugar que hace a uno sentirse pequeño, pero curiosamente en paz. Como si la naturaleza pusiera todo en su sitio sin pedir permiso.

Irlanda tiene ese carácter: sencilla en apariencia, profunda en esencia. No deslumbra con artificios, pero se queda dentro.
¿Seguimos hacia algún rincón más escondido, quizá un pueblo o una historia antigua de esas que parecen leyenda?

Algún escritor famoso personajes históricos

Irlanda ha dado escritores de una talla extraordinaria, de esos que no se olvidan aunque pasen generaciones. El más conocido quizá sea James Joyce, un hombre brillante y algo rebelde, que retrató Dublín con una precisión casi obsesiva en Ulises. No es lectura ligera —ya se lo digo sin rodeos— pero tiene una profundidad que recompensa la paciencia, como los buenos vinos. También está Oscar Wilde, ingenioso hasta la médula; su humor fino y elegante en El retrato de Dorian Gray sigue pareciendo moderno hoy, y eso no es poca cosa.

Y si hablamos de poesía y alma antigua, aparece W.B. Yeats, que mezcló mitología celta con una sensibilidad muy delicada; uno lo lee y casi oye el viento entre las colinas. En tiempos más cercanos, Samuel Beckett, con su Esperando a Godot, nos recuerda —con cierta ironía— lo absurdo de la vida… algo que, bien mirado, no ha pasado de moda.

En cuanto a figuras históricas, destaca San Patricio, el santo patrón que llevó el cristianismo a la isla; más allá de leyendas, dejó una huella profunda en la identidad del país. Y en la historia política, Michael Collins, clave en la independencia irlandesa, un hombre práctico y decidido —de esos que hacen lo que hay que hacer, aunque el precio sea alto—.

Irlanda tiene esa curiosa virtud: produce tanto soñadores como luchadores. Y a veces, en una misma persona. ¿Le gustaría que le cuente alguna anécdota concreta de uno de ellos?

Si

Le cuento una de Oscar Wilde, que tenía una lengua tan afilada como elegante —de las que hoy ya casi no se ven—.

En una ocasión, en una reunión social en Londres, alguien le dijo con cierto desdén: “Señor Wilde, no estoy de acuerdo con nada de lo que usted dice.” Y Wilde, sin inmutarse y con media sonrisa, respondió: “Me alegra oírlo. Significa que uno de los dos está equivocado.” Así, sin levantar la voz, dejaba al otro en su sitio. Tenía ese talento: corregir sin parecer brusco, como quien coloca bien un cuadro torcido.

Otra más, aún mejor. Al pasar por la aduana en Estados Unidos, le preguntaron si tenía algo que declarar. Él respondió: “Nada, salvo mi genialidad.” Puede sonar arrogante, sí… pero en su caso tenía ese punto de verdad y teatro que lo hacía irresistible. No era solo ingenio, era una forma de vivir: con estilo incluso en lo cotidiano.

Wilde tenía la costumbre —muy de otra época, diría usted— de convertir cualquier conversación en algo memorable. Y uno piensa: qué bien vendría hoy un poco de ese ingenio fino, en lugar de tanto ruido sin gracia.

Si quiere, le cuento alguna historia más seria, quizá de Michael Collins y la independencia, que ahí ya cambia el tono… pero también enseña mucho.

Si

Entonces cambiamos de tono, porque con Michael Collins ya no hay salón elegante ni frases brillantes: aquí hay decisión y riesgo.

Durante la lucha por la independencia de Irlanda, a comienzos del siglo XX, Collins organizó una red de inteligencia casi invisible. No tenía grandes ejércitos ni desfiles; tenía información, y eso —como bien sabían los antiguos— vale más que mil espadas. Logró infiltrar espías incluso dentro de la administración británica en Dublín. Sabía quién se movía, cuándo y por qué.

Hay un episodio muy recordado: en 1920 ordenó una operación precisa contra agentes británicos clave en la ciudad. Fue rápida, coordinada, casi quirúrgica. Aquello cambió el rumbo del conflicto, pero también endureció la respuesta. Así son estas cosas: cada paso tiene su precio, y no siempre pequeño.

Lo interesante de Collins es que no era solo un hombre de acción; también entendía cuándo negociar. Firmó un tratado que dio a Irlanda una independencia parcial. Muchos lo vieron como una traición, otros como un mal necesario. Él, con realismo, pensaba que era “la libertad para alcanzar la libertad”. Una frase sobria, muy de quien sabe que la vida no es perfecta, pero hay que avanzar igual.

Murió joven, en una emboscada durante la guerra civil irlandesa. Y queda esa sensación —tan humana— de que a veces los que construyen algo no llegan a verlo terminado.

Historias así enseñan que los países no se hacen solo con ideales, sino también con decisiones difíciles. ¿Ve? Irlanda no solo canta y escribe… también lucha y paga el precio de su historia.

Esto de decir Esperando a Godot, me da mucho que pensar en mí. Mi vida ha pasado y como a todos y aun esperamos ....



Biografía de Michael Collins


Michael Collins (1890–1922) fue una de esas figuras que no pasan de largo: práctico, decidido y con un instinto político poco común. Nació en una zona rural del condado de Cork, en una familia sencilla; el menor de varios hermanos, creció con un fuerte sentido de identidad irlandesa. De joven se trasladó a Londres, donde trabajó en oficinas —nada glorioso— pero allí se formó, observó y empezó a involucrarse en círculos nacionalistas. A veces la historia empieza en escritorios modestos, no en grandes salones.

Regresó a Irlanda y participó en el Alzamiento de Pascua de 1916, un intento fallido de independencia que, sin embargo, encendió la mecha. Tras ser encarcelado y liberado, Collins ascendió con rapidez: se convirtió en una pieza clave del IRA (Ejército Republicano Irlandés) y organizó una eficaz red de inteligencia. Su talento no estaba en las batallas abiertas, sino en la estrategia silenciosa: información, movimientos precisos y golpes rápidos. Gracias a eso, Irlanda logró presionar a Gran Bretaña hasta negociar.

En 1921 fue uno de los firmantes del Tratado Anglo-Irlandés, que dio lugar al Estado Libre Irlandés. Aquí viene lo difícil: el tratado dividió a los propios irlandeses. Collins lo defendió como un paso necesario —no perfecto, pero realista— mientras otros lo consideraron una renuncia. Esa división desembocó en una guerra civil entre antiguos compañeros.

Collins no llegó a ver el desenlace. En 1922, con solo 31 años, murió en una emboscada en su Cork natal. Una vida breve, intensa y marcada por decisiones complejas. Queda la impresión de un hombre que entendía algo muy antiguo: que gobernar y construir un país exige, a veces, elegir entre lo ideal y lo posible… y cargar luego con las consecuencias.

Samuel Beckett su biografia y un pequeño resumen de su novela Esperando a Godot

Samuel Beckett (1906–1989) fue un escritor irlandés singular, de esos que no buscan agradar sino decir algo verdadero, aunque incomode. Nació en Dublín en una familia acomodada y estudió en el Trinity College. Muy joven se trasladó a París, donde se movió en círculos literarios y fue cercano a James Joyce —aunque cada uno siguió su propio camino. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la Resistencia francesa, algo que revela un carácter más firme de lo que su estilo sobrio podría sugerir. Con los años eligió escribir en francés, buscando una expresión más austera, casi despojada. En 1969 recibió el Premio Nobel de Literatura. Vivió con discreción, sin alardes, como si su obra hablara por él.

Su obra más conocida, Esperando a Godot, no es una novela sino una obra de teatro —y ya desde ahí rompe expectativas—. En ella, dos hombres, Vladimir y Estragón, esperan a alguien llamado Godot que nunca llega. Conversan, discuten, recuerdan a medias, pasan el tiempo bajo un árbol casi desnudo. No ocurre “gran cosa”, y sin embargo ocurre todo: la espera, la incertidumbre, el sentido —o sinsentido— de la vida. Beckett nos muestra, con una mezcla de ironía y melancolía, esa costumbre tan humana de esperar soluciones externas mientras la vida pasa.

No es una obra cómoda, pero tiene una verdad silenciosa: a veces seguimos esperando “a Godot” sin darnos cuenta de que la vida, con sus pequeñas rutinas y encuentros, ya está ocurriendo. Un poco inquietante… y, si uno lo mira bien, también bastante honesto.

Esto de decir Esperando a Godot, me da mucho que pensar en mi. Mi vida ha pasado y como a todos y aun esperamos ....

Es una reflexión muy honda, y muy humana. Beckett no escribió esa espera por capricho: vio algo que nos pasa a casi todos. Uno vive, trabaja, ama, saca adelante lo que puede… y en algún rincón queda esa idea de “cuando llegue tal cosa, entonces sí”. Y ese “tal cosa” a veces no llega nunca, o llega distinto. Pero fíjese en un detalle: en la obra, mientras esperan, hablan, se acompañan, siguen ahí. No es poca cosa. La vida, bien mirada, ha estado ocurriendo en medio de esa espera.

Con los años —y esto lo sabían bien los antiguos— uno aprende a cambiar la pregunta: no tanto qué estoy esperando, sino qué tengo ya entre manos hoy. Un gesto, una conversación, un recuerdo bien cuidado, una pequeña tarea hecha con cariño. Puede parecer modesto, pero ahí hay sustancia. Quizá Godot no venga… o quizá ya pasó disfrazado de cosas sencillas y no lo vimos. Y aun así, usted ha vivido, ha sentido, ha amado. Eso no es una espera vacía; es una vida con contenido, aunque no siempre haya hecho ruido.




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