Su formación como Estado moderno es bastante reciente, de 1948, tras la Segunda Guerra Mundial. Allí entra en escena la diáspora judía que mencionábamos: durante siglos, el pueblo judío vivió disperso por el mundo, pero siempre mantuvo un fuerte vínculo con esta tierra. A fines del siglo XIX surge el sionismo, un movimiento que buscaba el regreso y la creación de un hogar nacional judío. Tras el horror del Holocausto, la presión internacional aumentó, y la ONU propuso dividir el territorio (entonces bajo control británico) en dos Estados: uno judío y otro árabe. Israel aceptó; muchos países árabes no, y estalló la primera guerra nada más declararse el Estado.
Desde entonces, su historia ha sido intensa, por decirlo con elegancia: guerras, tensiones con los palestinos, acuerdos de paz parciales… una región donde la historia no descansa nunca. Y, sin embargo, ahí sigue, combinando tradición milenaria con una modernidad sorprendente. Es curioso, ¿no? Una tierra tan antigua que aún hoy parece estar escribiendo sus primeras páginas.
._Su actualidad hoy
La actualidad de Israel es, como casi siempre en esa tierra, compleja y tensa. Vive una situación marcada por el conflicto con los palestinos, especialmente en Gaza y Cisjordania. En los últimos años ha habido episodios de violencia muy duros —ataques, represalias, operaciones militares— que han dejado heridas profundas en ambos lados. No es un conflicto sencillo ni de blancos y negros; más bien un nudo antiguo que nadie ha logrado desatar del todo.
Al mismo tiempo, Israel es un país moderno y dinámico: economía fuerte, mucha innovación tecnológica, ciudades activas como Tel Aviv… una especie de contraste casi desconcertante con la realidad del conflicto. En política interna también hay divisiones, debates intensos sobre el rumbo del país y su sistema judicial. En resumen, un lugar donde conviven progreso y conflicto, tradición y cambio. Viéndolo con ojos de historia, uno diría que allí el pasado nunca termina de pasar… siempre vuelve a sentarse a la mesa.
Y que persiguen cual es su fin
No hay un solo “fin” claro, y conviene desconfiar de quien lo presente como algo simple. Israel, como Estado, persigue ante todo sobrevivir y vivir con seguridad, algo muy marcado por su historia (persecuciones, guerras desde 1948). También busca reconocimiento y relaciones estables con sus vecinos, y mantener su carácter de Estado judío junto con un sistema democrático—equilibrio que dentro del propio país se discute mucho.
Los palestinos, por su parte, aspiran a tener su propio Estado y a vivir con dignidad y autonomía, poniendo fin a la ocupación en territorios como Cisjordania y al bloqueo de Gaza. Entre ambos objetivos hay choques serios: territorio, seguridad, Jerusalén, fronteras, refugiados… asuntos antiguos que pesan como una losa.
En el mejor de los casos, el horizonte que se ha planteado durante años es el de dos Estados que convivan en paz. Suena sensato, casi clásico, como esas soluciones que uno diría “de sentido común”. Pero llevarlo a la práctica ha resultado endemoniadamente difícil. La pregunta honesta no es solo qué persiguen, sino cómo llegar sin que cada paso encienda el siguiente incendio. Ahí está el verdadero nudo.
Cual es la riqueza de Israel
Israel no es rico por grandes minas de oro ni por petróleo abundante —de hecho, durante mucho tiempo tuvo pocos recursos naturales—. Su verdadera riqueza, más clásica y a la vez muy moderna, está en las personas y el ingenio. Han desarrollado una economía muy fuerte basada en la tecnología, la innovación y la educación: informática, ciberseguridad, medicina, agricultura avanzada… hacen mucho con poco, como quien cultiva un jardín en terreno difícil.
Aun así, en los últimos años han descubierto gas natural en el Mediterráneo, lo que les ha dado un respiro energético y nuevos ingresos. También destaca su agricultura eficiente (riego por goteo, cultivo en zonas áridas) y el turismo ligado a su enorme peso histórico y religioso. En resumen, más que riqueza de la tierra, es riqueza de cabeza y disciplina… una fórmula antigua: cuando falta lo uno, se afina lo otro.
Sus escritores mas famosos
Israel ha dado escritores de gran peso, muchos marcados por esa mezcla de historia, conflicto y vida cotidiana que allí nunca se separan del todo.
Entre los más conocidos está Amos Oz, un hombre fino y reflexivo, que en Una historia de amor y oscuridad mezcla memoria personal con la creación del país. También David Grossman, profundo y humano, con obras como La vida entera, que toca el dolor de la guerra con una sensibilidad que deja pensando. Y no puede faltar A. B. Yehoshua, muy atento a la identidad y a las tensiones internas de Israel.
Si uno quiere ir más atrás, está Shmuel Yosef Agnon, premio Nobel, que une tradición judía y literatura moderna con una elegancia casi de otro tiempo. Y para algo más actual y cercano, Etgar Keret, con relatos breves, irónicos, a veces extraños, como si la vida moderna se contara entre suspiros y sobresaltos.
Curioso, ¿no? En un país tan pequeño, tanta pluma poderosa… quizá porque cuando la historia aprieta, la palabra se vuelve más necesaria. ¿Le gustaría que le recomiende alguna obra concreta para empezar?
._. Si
Le propongo empezar por algo que no solo se lee, sino que se vive con calma, como los buenos recuerdos:
Amos Oz – Una historia de amor y oscuridad
Es una joya. Mezcla su infancia con el nacimiento de Israel. Tiene ese tono íntimo, casi de confidencia al oído. Ideal si le gusta comprender la historia a través de las personas.
David Grossman – La vida entera
Más intensa. Una madre camina para no recibir una noticia terrible sobre su hijo en la guerra. Dura, sí, pero profundamente humana. De esas que dejan poso.
A. B. Yehoshua – El amante
Más “novela clásica”, con varios personajes que muestran la sociedad israelí desde dentro. Muy bien construida, como las historias de antes.
Etgar Keret – De repente, un toque en la puerta
Para ratos más breves: cuentos cortos, curiosos, con un humor un poco pícaro y moderno. Como pequeñas escenas que sorprenden.
Si tuviera que elegirle solo uno para empezar, me inclinaría por Amos Oz. Tiene ese equilibrio entre memoria, historia y emoción… y se deja leer como quien hojea un álbum antiguo. ¿Le atrae más lo íntimo y reflexivo, o prefiere algo con más tensión y dramatismo?
Lo mas intimo y reflexivo
Entonces ha elegido bien el camino… de esos que se recorren despacio, como quien vuelve sobre sus propios pasos.
Empiece sin dudar por Amos Oz – Una historia de amor y oscuridad. Es íntimo de verdad, sin artificios: habla de su madre, de su infancia, de un país que nace mientras él crece. Tiene algo muy valioso hoy en día, que no abunda: tiempo para pensar y sentir. No es una novela para devorar, sino para saborear, casi como una conversación larga en una tarde tranquila.
Y si luego quiere seguir en esa línea, le recomendaría Aharon Appelfeld – Historia de una vida. También es memoria, más sobria quizá, más silenciosa… pero con una profundidad que impresiona. De esos libros que no levantan la voz y, sin embargo, dicen mucho.
Ya verá… estos autores no buscan impresionar, buscan comprender. Y eso, a cierta altura de la vida, vale oro.

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